lunes, 21 de noviembre de 2016

A veces me baño y me río a carcajadas. Me recorre la electricidad de cuando era niña, esa alegría incontenible, inexplicable, casi causa sui, y entonces tengo que moverme mucho, tengo que saltar o bailar o todo al mismo tiempo, porque sino tengo miedo de explotar.
Dividida, como siempre, una parte mía se maravilla, otra se asusta, otra busca razones, otra hace callar a ésta última, otra piensa que por fin, otra se alegra de que no importe por qué, otras inventan conversaciones con determinadas personas a las que una de mis partes les cuenta el fenómeno, otras etcétera, y así el agua cae y yo me río.
Siempre me llama la atención esa cúspide de una elevación que no advierto haber estado subiendo hasta que me encuentro el horizonte debajo.
Para variar, la parte que necesita entender se impone, y mientras me estoy secando y me divierten las formas que el vapor del espejo desdibuja repaso, rebusco en los minutos de los días pasados y las sensaciones últimas los pasos que hasta aquí me trajeron:

La alegría de saberlo en su casa. La alegría que me produce que me produzca alegría, porque es una seña de cuánto lo quiero y qué lindo que es quererlo, qué lindo es que exista, qué lindo es poder sentir. Poder volver a sentir, cuando estoy contenta, que quiero verlo, porque quiero que él me vea contenta. Quiero que me vea contenta porque sé que se va a poner contento. Bendecir la alegría del puente. Bendecir la Vida que hay en la amistad.

El que élla, a quien casi no conozco, me respondiera “tu mirada ayuda” cuando le hablo de pequeños milagros cotidianos, y pensar que ojalá; que quisiera que eso fuera mi mirada. Recordar que me han dicho eso antes, que antes me han hablado de “mi mirada” y que siempre me llamó la atención porque la mirada no puede verse a si misma y tampoco puede verse del todo en la mirada de los otros; pensar en la mirada (la mirada que pesa, la mirada que evita, la mirada que controla, la mirada que libera, la mirada que acaricia, la mirada que crea, la mirada: ese desafío, esa casa sin paredes, esa fortaleza, esa maciza levedad), pensar en un modo de ver como un modo de ser porque después de todo la mirada como la palabra, y entonces recordar como siempre que pienso en ésto a Borges diciendo que la mirada es el más inglés de los sentidos porque implica una distancia (cómo puede ser tan genial este tipo???), y así la mirada y la palabra y el espejo que es el otro en esa construcción imposible en que somos. Divertirme como loca con ese enredo y no saber nunca si juego como los niños, sabiendo que es un juego pero jugándolo completamente en serio, o juego como los adultos, exactamente al revés.

Sentir de pronto esta suerte de productividad creadora, creativa: volver a pintar, volver a sentir este éxtasis incomunicable y algo indescifrable, mientras espero muerta de frío en la lavandería automática a que la ropa se seque, al leer ideas que me provocan, que me devuelven a mi completa ignorancia de tanto y que me dan hambre, mucha hambre, y reírme entonces cuando leo a Savater hablando de Shopenhauer y pienso “pero yo esto lo leí antes o este tipo me copió todas las ideas!” y luego “yo quiero abrazar a este tipo!”, porque es tan hermoso que haya gente que se ocupe de eso, es tan mundo que nada importe y que aún así haya la testaruda, necia tarea de crear, de intentar, de empezar. Esa ridícula valentía que tal vez sea la única posible, y entonces volver a recordar que esta tarde pensaba en que tal vez seamos apenas fragmentos del camino que recorre y conforma una mirada, y que entonces cada uno de nosotros ( y así cada cosa en nosotros, como un fractal, infinito) es parte necesaria de algo que nos excede por completo (no me interesa siquiera pensar en qué: dios, tiempo, universo, caos; qué más da -o lo da todo?(cuándo encontraré el puto guión de diálogo???)-. Que ya lo decía Kazanztaki:” Hemos visto el círculo más elevado de poderes en espiral. Le hemos puesto de nombre a este círculo Dios. Podríamos haberle puesto cualquier otro nombre que quisiéramos: abismo, misterio, oscuridad absoluta, luz absoluta, materia, espíritu, esperanza última, desesperanza última, silencio. Pero no olvidar jamás, somos nosotros quienes le ponemos el nombre”)

Recordar que es en esta tierra de la Soledad en que germino de esta manera, como antes. Preguntarme entonces si es la única manera y responderme que no, que es sólo una, y que el desafío, en caso de buscarlo, quererlo, aceptarlo, sería justamente ése: quitar la fatalidad del medio; entender que soy y somos lo que decidimos y, tal vez, aquello por lo que o contra lo que luchamos. Saber (volver a decirme, disfrutando de la serenidad que trae la certeza, sea o no cierta) que sos y has sido, en ese sentido, mi más alta victoria; tal vez la única, aunque fuera inútil.
Volver a entender que no entiendo. Saber que no sé (sin ponerme socrática, faltaba más). Aceptarme palabra que dice silencio.

Reconocer, como el brote verde de un bulbo que olvidamos haber plantado, las ideas de siempre, mis viejas obsesiones. Darme cuenta una vez más que llevo toda la vida pensando lo mismo sin aburrirme y sin llegar a ningún lado, pensando a veces que sí, queriendo pensar que hay una evolución, volver a pensar en la idea de que el conocimiento puede ser en espiral y no lineal (podría ser, por qué no; qué bien estaría. Desconfiar, entonces); volver a pensar en que tal vez la idea misma del conocimiento sea mentira, que lo único que puede conocerse no puede comunicarse realmente, no con palabras. Odiar a Gorgias por brillante o por manipulador hijo de puta o por ambas, quién sabe.
Seguir sin saber. Sin saberlo nunca. Que me deleite y me aterre entonces la idea de que sólo luego se puede saber qué es uno: sólo después de haber sido. Un poco de nuevo como la idea de Borges en el maravilloso epílogo de "El hacedor", un poco como la idea de Shopenhauer; un poco como pienso desde hace mucho y nunca estoy segura de si le robé a alguno de los dos en algún momento y convenientemente lo olvidé para creerme que soy muy inteligente.
Dudar de si todo esto es lo único que verdaderamente me importa o lo único que me divierte lo suficiente como para evitar lo único que me importa realmente.

Entender entonces que más allá de todo, y más acá, y en ningún lado, soy también esta alegría. Que soy esta electricidad. Este desconcierto que hoy es un niño que ríe ante la maravilla de la pelota que bota sin entender cómo, que ríe porque si y por qué no. Que soy cada antes y cada después. Soy cada mentira y cada verdad. Soy esta risa y el todo y la nada que la sostienen.

(cómo se puede, joder, ser todo ésto ahora y haber sido tanto contrario antes y ser mañana otra cosa y luego lo mismo u otra cosa pero de igual intensidad?. Cómo puede caber tanto en algo tan poco como un ser humano?. Y cómo podría no hacerlo?)




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