No sé desde cuándo lo sé. Tal vez desde su segundo abrazo, el primero de verdad; ese que me dio francamente luego de que al soltarme del primero le dijera “no, eso no es un abrazo” y él se diera cuenta de que no era una convención lo que yo quería, de que no hacía falta esconderse.
O desde la noche en que sentados en la puerta de su casa a los dos nos resultaba lo más natural del mundo que su mano acariciara la mía como una hormiguita que anda por la rama de un árbol y tantea en la oscuridad pero sin miedo el camino, y que su boca besara una y otra vez mi pelo, como si yo fuera una niña.
O tal vez fuera el silencio. Esa noche en que mientras admirábamos juntos los edificios salir de la niebla espesísima, embelesados, sin palabras, él dijo “esto es bueno” y yo dije “sí”, porque sabía de qué hablaba y no pude evitar recordar a Galeano cuando conoció a Helena pese a que nada tuvieran que ver las situaciones, y él dijo “me gusta que podamos estar en silencio y digamos tantas cosas”.
O quizá lo sé desde todos esos lugares a la vez, en suma, como los pasos son parte del recorrido.
Sólo sé que frente a él, frente a su humanidad que brevemente cruzó la mía, soy cauce de palabras. Que soy puerta, que vengo a traerle parte de su historia pasada para que haga con ese barro, si quiere, las paredes de la casa que quiera habitar. Sé que leí sin saberlo cosas que tuve que guardar porque lo buscaban, aunque yo no lo supiera, aunque no fuera esa la razón.
Palabras: vengo a entregarle palabras.
Palabras de otros que son también suyas. Palabras del viento que forjó la tierra que lo vio nacer y que él no recuerda, para que sepa (no a través de éllas sino dentro, porque las palabras son casas macizas que, cuando están bien construídas, se esfuman apenas las habitamos, se hacen Todo) para que sepa, cuando ande el camino que elija, de quién son los pies que pisan.
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