Verte
olerte
rozarte,
en principio.
Acostumbrarme lentamente
a las vibraciones de tu voz;
al modo en que las palabras
moran en tu aire;
te cincelan.
Luego -tal vez-
besarte
mielarte
lamerte;
desabrocharte despacio
los botones y la mirada.
Investigar en tu piel,
en tus caricias,
(que imagino, no sé por qué,
celestemente tiernas)
el tono de tus silencios,
los rincones oscuramente tibios
de tu forma de estar aquí ahora,
de habitar el mundo.
Verte así: sin palabras: desnudo.
Mirarte
entonces
largamente
a los ojos.
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