martes, 30 de agosto de 2016

Hoy va a ser esta calma y mañana quién sabe. Mañana. Ahora, dentro de un rato. Las patitas leves y peludas de la araña se mueven ya con sigilo, con retumbe de trueno. Si vienen o  no vienen qué importa: se mueven, me hienden la carne invisibles y yo sé mientras las primeras palabras de este diálogo se me enquistan en los ojos (porque siempre es así: las palabras me entran por las pupilas; las veo en las cosas, de las cosas vienen. Si fuera ciega, no sabría hablar) que del humo sensible son partículas que el ojo no ve y sin embargo las patas y los pelos son levísimos y frágiles y ala vez macizos, rotundos. Como ortigas. Estas arañas son como ortigas.
Y qué importa entonces esta calma o mañana, qué importa esta ansiedad difusa que ya me cierra el pecho mientras veo las patas de la araña (por qué tan clara?por qué sólo las patas y no la arañan?y qué importa?)
Por la ventana, mientras escribo, el aire mueve una arboleda. A veces creo que soy el aire. Entonces desaparece el pecho y la ansiedad y la calma y la angustia, y también mañana y también ahora. Pero entonces mientras escribo están mis dedos y vuelvo a olvidarme que soy el aire pero siguen sin aparecer la calma y la ansiedad y la arña y mañana y ahora. Entonces están mis manos y aparecen los recuerdos y la sonrisa, porque las letras son ya una carretera vertiginosa, una serpiente veloz en cuyo lomo sedoso y frío estoy montada y soy el viento y soy lo que soy que vaya uno a saber qué es pero qué divertido es ir arriba de la serpiente y las manos que corren por el teclado y por dentro el eco de las palabras que no digo y que sin embargo retumban en mi interior (en la negra oquedad de la boca veo de pronto ondas sonoras que de pronto son el viento en una laguna en la noche)

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