La placa surge de la oscuridad. Siento el sonido metálico y abro los ojos que mantengo cerrados, entonces veo un brazo que reconozco mío sostener la figura convexa, hexagonal, pero es negra: su supeficie redondeada refleja una luz muy leve que sin embargo la vuelve hermosa, como el lomo de un escarabajo . Es de metal, es muy gruesa. Pesa mucho.
Apenas alcanzo a verme en algunos momentos: asoma un hombro allí, la trenza corta el aire en el movimiento; las manos salen de la oscuridad como pájaros en la noche y acomodan las placas desde adentro, titánicas ambas, con esfuerzo y convicción; seguras, como si no hicieran más que obedecer ciegamente un mandato.
Algo dicen mis manos, algo son distinto. Aparece mi cara por momentos (sólo la parte superior del cuerpo no ha sido cubierta del todo por la estructura), y también es ella y también es otra.
No me veo, absorta en mi tarea y, a la vez, con la mirada fija en el aire, como si escuchara cantar a un loco.
Las placas que voy sumando me cubren cada vez más: la figura se levanta, paciente, negra como la melancolía o la resignación, circular, cónica .
Sin embargo conozco esa mirada que la penumbra deja entrever entre la colocación de una placa y la otra; conozco ese fluir determinado y triste, esa tremenda fortaleza a la vez estóica y cobarde: la luz tenue me da sin embargo un aire distinto, una suerte de rigor marcial y sereno, como del que ya no espera nada.
No alcanzo a ver el fin, pero sé del tenor.
Oigo el sonido de las placas como un trueno enorme y corto.
—¿Estabas, pues, tan triste el día de las 43 veces? El Principito no respondió. Antoine de Saint-Exupèry
jueves, 4 de agosto de 2016
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