domingo, 10 de abril de 2016

Desde la cama veo el pino. El pino se mueve lento, musical. Lo miro mientras el día se convierte en la noche y el pino se vuelve una sombra de si mismo; hasta que el mundo se convierte en una película en blanco y negro. Los copos de nieve se adivinan apenas, son como una interferencia.
El viento ruge y hace que los copos, de pronto rotundos, caigan hacia arriba. Los miro con curiosidad pero sin sorpresa.
Tengo los pies, las manos y (oh, tragedia ) la nariz helados. Tengo olor a jabón y a crema y el pelo húmedo y el humo del cigarro dibujando melodías en el aire. Lo que no tengo es gana alguna de moverme. Me sienta bien esta quietud, este sosiego.
Mi imaginación, claro, se ríe de mi, como siempre, y me lleva con el blanco de la nieve que desdibuja el pino hacia el blanco de las sábanas de tu cama, con el frío de mis pies en esta noche de abril al calor de tu cuerpo bajo el edredón, con este plácido silencio a la idea de acurrucarme al lado tuyo a mirar el viento.

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