Estaba en tu casa de nuevo. Y era tu casa, no la nuestra.
Por esas razones que existen en los sueños, en la habitación que juntos armamos (la pequeña, la antes inútil y luego nido y rincón donde pinto amapolas en los cristales y cuelgo tus fotos de Senegal para que te sientas en casa), había un baño. Un baño enorme, mucho más grande de lo que cabía en esa habitación, y lúgubre.
Yo entraba en la casa magnetizada; iba directamente ahí.
Ahora tengo la sensación de que te esperaba, pero entonces no lo sabía. Me metía en la bañera.
Recuerdo que pensaba que no estabas. Recuerdo que pensaba que no estabas y entonces qué sentido tiene sentir que te esperaba aunque no lo supiera, pero lo tiene, claro que lo tiene.
Aparecias con una capucha torpemente puesta sobre la cabeza; demasiado abrigado. Llorabas. Involuntariamente, pero llorabas.
Llevo todo el dia recordando el gesto de tu cara. Llevo todo el dia intentando tragar esta pena tan inmensa que me produjo lo poco, lo nada que me costó evitar el filo del cuchillo que traías en la mano y que intentabas clavarme en la oscuridad. Toda tu fuerza, todo tu dolor estaba ahí. Yo apenas tuve que sostenerte el brazo, casi como si te acariciara. Y no podías, no podías. Tus brazos eran gritos cada vez más fuertes, pero no podías. Y no dejabas de llorar, roto, con los dientes apretados.
—¿Estabas, pues, tan triste el día de las 43 veces? El Principito no respondió. Antoine de Saint-Exupèry
lunes, 4 de abril de 2016
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