miércoles, 20 de abril de 2016

Haciendo cualquier cosa se me viene a la cabeza, insistente, el suelo de piedra: las líneas que demarcan los cuadrados de las baldosas, las sombras evanescentes de la lluvia de la tarde y mis pasos que, lentos, pisan con una sensación que primero no advierto y luego miro con intriga.
Habíamos cenado, hablado, reído, comentado lo buenas que estaban las gambas y cerrado ceremoniosamente la temporada, hasta que tuve, como siempre, la necesidad de huir, de quietud, de soledad.
Salí a la calle, a la fuente de piedra y agua frente a la luz mortecina del cajero automático, y sin darme cuenta comencé a andar. Lentamente, jugando, poniendo el pie en los huecos vacíos o pisando las líneas negras primero en el medio, luego en las esquinas; mirando la forma del zapato, alineándolo con una hoja caída o un papel de caramelo arrugado.
La mirada se me clavaba en el suelo.
Pensaba algo, pero no se qué, cuando me asaltó la sensación de impass, de espera. "Estoy esperando algo...pero, qué?"
Hace días se me viene a la cabeza, insistente, el suelo de piedra.
Lo miro, siento los pasos, la sangre que, vertical, lo recorre buscando una respuesta que sabe pero no fue  capaz de reconocer hasta ahora.
A vos. A vos te espero.

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