viernes, 15 de abril de 2016

Subo la escalera de metal pensando al mismo tiempo en el sonido y en esta sensación que me asaltó mientras cruzaba el camino entre los pinos: algo falla; algo falta. La realidad es extraña. Yo lo soy.  Alguna de las dos, o ambas, no es real.
La imagen es la de una cadena de bicicleta cuando un eslabón se tuerce o se sale del lugar: la cadena gira, pero la bicicleta permanece inmóvil. El mecanismo está, es el mismo, sin embargo no sirve, no funciona. Algo no encaja.
Mirando la cadena pongo la llave en la cerradura; conjugando la sensación con la madera que cruje abro la puerta, escuchando ahora "volver a los 17" y pensando en la madurez abro las cortinas y la brumosa claridad de la lluvia inunda el pequeño salón. 
El agua gotea por una esquina de la ventana, como siempre, pero no ha llovido tanto, de modo que el charco luminoso se acuesta apenas sobre el saliente de madera, no se ha derramado. Me quedo quieta mirando la luz que envuelve el trozo de cuarzo que cogimos del bosque hace ya varios meses.
Hay una mancha vertical, roja, mojada, en la ventana. Un pedazo de madera, imagino. El viento golpea de pronto la lluvia contra los cristales, que ya verdean pinos. Por el modo que tiene de ser casi ámbar, pareciera que son las paredes y no el radiador lo que entibia el aire.
Hay algo, sí. Hay algo de más, o algo de menos.
Hay un puente roto entre el mundo y yo. Porque a mi, en este momento, lo único que se me antoja real es el charco de lluvia bajo el cuarzo. Es lo único que consigo entender sin esfuerzo.

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