viernes, 8 de abril de 2016

Es muy divertido ser yo.
Tengo ganas de llorar y no sé por qué, asi que en lugar de llorar y punto me entretengo imaginándome  una enredadera gruesa y húmeda y verde oscuro, como la del cuento de Jack y los guisantes mágicos, que me crece dentro desde los pies hasta la cabeza, en lenta progresión: le sigo los pliegues, el sonido como de lengua que chasquea cuando se abren las hojas, pulposas, en la oscuridad.  Los sarmientos son hermosos ribetes klimteanos, laberintos leves, brazos de pulpo suaves que se desperezan apenas, casi tintineando gotas pequeñísimas.
Todo movimiento ocurre dentro; por fuera soy sólo una mujer que mira ensimismada una baldosa y se sonríe apenas cuando se da cuenta de la distancia que puede representar la piel.
La enredadera sigue su curso, mientras tanto, y los tallos engordan a su vez. Algo se esconde detrás, noto de pronto. Una sombra o la sospecha de élla. Entonces lo lúdico pierde un poco, sólo un poco, su fuerza (es decir, me pongo lúdicamente seria) y empiezo a barajar o a entrever posibilidades.  Juego ahora con el tiempo que separa el golpe del dolor del golpe, con la distancia, y me acuerdo inevitablemente de Saramago y también de Julio hablando en un cuento de un amigo muerto y la sensación de humedad y trato de recordar qué cuento era pero no lo recuerdo y me acuerdo de que yo ya usé esa imagen, esa sensación una o varias veces en algún texto (repaso mentalmente las líneas antiguas) y me doy cuenta de nuevo de que me la paso plagiando gente involuntariamente, y asi no se puede, y cómo hago para que no se me metan tan dentro, hasta confundirlas conmigo misma, las cosas que amo, y entonces me doy cuenta de que no, de que me voy por las ramas, de que yo estaba tratando de saber por qué tenía ganas de llorar y vuelvo a la sombra y a la enredadera y me vuelvo a sonreír internamente porque si, porque es muy divertido ser una enredadera con ganas de llorar tan bien disimulada y caótica .
Esto crece, sin embargo, aunque yo no le de forma ni imagen. La emoción es el aire que se vuelve denso y pare materia voluble dentro de mi.
No consigo llorar, eso si: le faltan lunas aún a este verde para dar frutos (ser yo, aparte de divertido, es bastante fácil, porque soy altamente predecible...por lo menos para mi, que me tengo ya muy observada). Sé que la oruga leve de la mirada tocará un nervio fibroso en un momento cualquiera y la enredadera se descompondrá, se desintegrará como un estallido de papel húmedo picado; se volverá lluvia y seré agua que, por fin, caiga por su propio peso y lave y fluya y diga lo que sólo el agua sabe decir, siendo.
En esa sospecha estoy  cuando una compañera me ve, se frena de golpe y me dice intrigada, casi con miedo: "en qué piensas?".  Y yo salto de la enredadera sorprendida, hago un doble mortal hacia atrás y le digo, con escasos reflejos pero sonriendo, "no, en nada".
Y termino de escribir y vuelvo al trabajo, con ganas de llorar pero, eso sí, muy divertida.

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