Al principio me asaltaban imágenes pequeñas, detalles, fotos:
el sonido de la cuerda contra el metal, el chirrido sordo de la escalera cediendo al peso de tu cuerpo, el perro moviendo la cola alrededor tuyo, gimiendo apenas para que lo acaricies, desconcertado, lamiéndote los pies; las estrellas quietas mientras el balanceo, tus pies asomando bajo la sábana blanca con una etiqueta verde en el dedo.
Lo despertaba a veces o lo iba a buscar donde estuviera para pedirle que por favor me dijera que no habías sufrido, que el golpe seco te quebró el cuello, y entonces lo que veía era la sangre en tus venas que pierde velocidad y se hace negra, el hematoma en el cuello, la lengua hinchada, el cuerpo que sigue caliente...
Me mordían las imágenes.
Ellos me contaron que los sobrecogió la expresión de paz que tenías cuando fueron a reconocer tu cuerpo. Esa es la imagen que tienen.
Yo no sé si me lo dijeron por compasión (por ellos mismos o por mí ), pero tampoco me importa mucho. Ya no estabas ahi; no me sirve ese consuelo.
Yo sé que de alguna manera siempre supe cosas que vos jamás dijiste.
Yo sé que no tuviste paz, y por eso te fuiste
Y sé también que de lo que de vos en mi quede, quiero pensar que puedo dártela, de alguna manera, dándomela. Que llevo tu sangre y tus recuerdos, que me atraviesa aunque no sepa cómo tu historia, tus sombras, tus miserias, tus dolores y tu luz.
Hace un rato me encontré preguntándome, divertida, distraída de todo esto, qué significo. De qué soy signo, símbolo, palabra.
Qué significo?. Te significo a vos, en parte. Soy un símbolo que te nombra.
Y quiero que en mi encuentres paz. Entonces, si algo mínimo puedo hacer, no habrá sido en vano.
Tal vez -pienso de pronto- tal vez yo pueda ser, pueda fundar en mi, tu victoria.
—¿Estabas, pues, tan triste el día de las 43 veces? El Principito no respondió. Antoine de Saint-Exupèry
miércoles, 27 de abril de 2016
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