Ordenamos latas de bebida. Yo, pensando ya no sé en qué, ella, lo mismo, pero sin el adverbio de tiempo. De pronto me dice que me quiere hacer una pregunta, pero que no tengo por qué responder. Yo sonrío: de repente el momento se volvió interesante.
Me dice: tú sabes qué te falta para ser feliz?. Porque yo no soy feliz, pero no sé por qué.
Le respondo cosas que no importan ahora. Ahora, mientras fumo mirando las estrellas muerta de frío, y vuelvo a preguntarme qué será lo que de mí percibe la gente, en general, y en particular cierto tipo de gente, que de tanto en tanto se les da por hacerme ese tipo de preguntas -o de hacérselas, mejor dicho, conmigo como testigo-.
Esas preguntas, las "raras", las que más me gustan, las que son un salto al vacío cuando uno puede quedarse tranquilamente en tierra; las únicas que me parecen realmente importantes: las que no son más que un desconcierto a dúo; las preguntas que se vuelven vitales porque dejan al descubierto que, mas allá de todas las diferencias, ignorarnos puede ser un modo de hermandad.
—¿Estabas, pues, tan triste el día de las 43 veces? El Principito no respondió. Antoine de Saint-Exupèry
sábado, 16 de abril de 2016
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