Doy vueltas en la cama. El viento afuera parece decidido a acabar con el mundo. Doy vueltas en la cama y pienso en la palabra, en la literatura, en la locura; pienso en lo hondo y en el movimiento, en lo que puede ser dicho y la identidad; pienso en la voz y en la oscuridad y en la huída, en las formas de evasión y en la ironía; pienso en el encuentro, escribo mentalmente una escena en una calle larguísima, pienso en libros, en portadas, en la imagen, en escritores, me inundan torrenciales, casi violentos, versos y frases y renglones de los que recuerdo el lugar exacto que ocupan en las páginas, vuelvo a sentirlos, me empapa de nuevo la electricidad y doy vueltas en la cama y me pongo boca abajo, la cama cruje y se me mueve la manta y me muevo de nuevo para acomodarla y el viento grita como una manada de hienas y de pronto se cierra el libro de un golpe seco y veo tu mano posarse, leve, en mi cintura, debajo del pijama.
Y sé que nada me importa más. Y nada me importa menos. Sé que todo es mentira. Y que todo es verdad. Y que todo es la misma cosa.
—¿Estabas, pues, tan triste el día de las 43 veces? El Principito no respondió. Antoine de Saint-Exupèry
domingo, 3 de abril de 2016
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A dos centímetros de profundidad,
Caras del poliedro,
Visiones
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