viernes, 22 de abril de 2016

No se cuánto falta, pero pasará.
Mis alpargatas lamerán los adoquines de Montevideo con cadencia de mar. Será domingo, muchos domingos, y a la hora de la siesta, cuando la ciudad gris descubra su apatía, su hastío insoportable y lento, los tamboriles saldrán del mentiroso silencio -luego de templar las lonjas al son del fuego-, recorrerán las venas interminables de 18 o de Agraciada, y yo bailaré.
Después de todo, después de tanto, bailaré. Y seré sangre.

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