viernes, 2 de octubre de 2015

Para acabar con una enfermedad, basta con destruir todos los vectores.
Para acabar, en fin, con la idea generalizada del amor, de eso que llaman amor, bastaría con dejar de poner el acento
en el otro

(Cómo todos los dogmas, las instituciones, los vínculos, las ideas, cómo todo de pronto se me vuelve pristinamente lo mismo: es por la infantil ilusión de que haya algo que se diferencia del resto del mundo y que le da sentido -una profesión, un ideal, una persona, un valor-, por esa primaria necesidad religiosa, que la voluntad y todo lo que de ella emana, se enferma)

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