viernes, 23 de octubre de 2015

Semiología de bolsillo raído

Ensimismada en el sofá y la tarde, pienso en los reflejos, en los símbolos.  Pienso que todo lo que existe es reflejo, manifestación de otra cosa; que todo es significante de un algo incorpóreo, subyacente.
Repaso con los ojos los objetos de esta casa que habito y les busco la historia, les escucho los sentidos (me sacudo al Caeiro de Pessoa que me susurra:"las cosas no tienen significación, tienen existencia. Las cosas son el único sentido oculto de las cosas"; le digo que sí, que ya sé, que se calle, y juego): el florero viene a decir el significado personal de las flores, la televisión, una época y una costumbre, el armario, un estatus. 
Así cada cosa habla de la construcción de una identidad y al mismo tiempo refleja un modo de ser y vivir e interpretar. Cada cosa es un símbolo de quien las posee y a su vez el que las posee es símbolo de una temporalidad, unas circunstancias y el modo en que las habita y lo constituyen a su vez.
Somos en el acto de ser y a la vez somos otra cosa, somos algo más que se expresa a través nuestro. Somos reflejo de lo incorpóreo al mismo tiempo que somos reflejados por lo físico y lo no físico. (Cómo se puede ser tanto a la vez?)
El hilo invisible que enhebra cada cosa que existe (cada cosa, cada hombre, cada acto, cada idea) es inaprensible y omnipresente (y grave, claramente).
Hasta que levanto del todo la persiana para ver el atardecer y me quedo prendada de un árbol amarilleando ya, obediente del pulso del otoño, movido por el viento. Y me oigo preguntar: "y el viento, de qué es reflejo?"

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