martes, 29 de septiembre de 2015

Me encanta ese cuento que ya no recuerdo cuándo leí por primera vez. Una historia de la Muerte que se encuentra con el sirviente (que a veces es un jardinero o un bufón o un cuidador de caballos) de un rey (que a veces es un comerciante o un marajá o un califa) en tal lugar (que a veces es el mercado y otras Turín y otras otras ciudades que no recuerdo). El sirviente, aterrorizado al verla, pide permiso a su amo y huye hacia un lugar lejano, a un día de viaje. El amo busca a la Muerte, entonces, y le pregunta por qué asustó a su sirviente de aquel modo. La Muerte responde que no quiso asustarlo, que sencillamente se sorprendió al verlo ahi, porque debía encontrarse con él al día siguiente en el lugar...hacia donde el sirviente huyó al verla.
Me gusta porque siempre me hace pensar en el miedo, en esa cualidad que tiene el miedo de llevarnos exactamente hacia el lugar del que queremos huir, sin que nos demos cuenta, pero por otro camino. La paradoja del miedo, la ironía del miedo.
No pienso en la fatalidad, en el destino. No creo en eso. Pienso en el modo en que un río como el Guadiana se sumerge en la tierra y parece desaparecer durante muchos kilómetros, pero está ahí, debajo, y luego resurge.
Pienso en el modo en que las cosas existen de otra manera, en el modo en que el camaleón tiene siempre la misma piel aunque cambie de color. Pienso en que las hojas de un árbol mueren y nacen otras, y sin embargo es la misma fuerza la que genera las dos cosas.
Pienso en que la única libertad que tenemos es elegir con qué nos equivocamos.

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