La espuma blanca sale de la boca, enferma, pulposa. Burbujas transparentes la traspasan, la colonizan, la inventan. El aire o las palabras, la sal o el ácido, la bilis rabiosa que me ocupa asi y asi sale, en un sólo vómito largo y lento que me nombra, que me interroga, que me llama siempre desde el fondo de una habitación acolchada y húmeda, cegada de luz. Hay los relojes y todo un concierto de grillos enormes que me soban la piel y el alma con sus patas peludas, exactas y verdes, sus tenazas abiertas, sus alas translúcidas y pegajosas.
Por fuera, me siento y miro la tele o escucho distraídamente el viento entre los árboles de un parque donde corren los niños.
—¿Estabas, pues, tan triste el día de las 43 veces? El Principito no respondió. Antoine de Saint-Exupèry
domingo, 13 de septiembre de 2015
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