domingo, 13 de septiembre de 2015

La espuma blanca sale de la boca, enferma, pulposa. Burbujas transparentes la traspasan, la colonizan, la inventan. El aire o las palabras, la sal o el ácido, la bilis rabiosa que me ocupa asi y asi sale, en un sólo vómito largo y lento que me nombra, que me interroga, que me llama siempre desde el fondo de una habitación acolchada y húmeda, cegada de luz. Hay los relojes y todo un concierto de grillos enormes que me soban la piel y el alma con sus patas peludas, exactas y verdes, sus tenazas abiertas, sus alas translúcidas y pegajosas.
Por fuera, me siento y miro la tele o escucho distraídamente el viento entre los árboles de un parque donde corren los niños.

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