miércoles, 9 de septiembre de 2015

Limpio la casa. Lentamente, mientras mastico sensaciones, limpio las mesas y los pisos, lavo la ropa y las cortinas, me subo a las sillas y rompo con los dedos las suave viscosidad de las telas de araña. Cuando termino veo que el pantalón nuevo (gris claro, dios mio, a mi sola se me ocurre) está todo manchado. El pantalón, la camiseta, mis manos pegajosas: todo evidencia la tarea.
Me río, como siempre, de lo torpe que soy. Y pienso de pronto, como un relámpago,  que tantas manchas evidencian también un modo de hacer: no se tener cuidado. Nunca supe. No se vivir sin mancharme hasta el alma, para bien y para mal.

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