martes, 22 de septiembre de 2015

En una calle de Santiago

Chopin impone el tiempo que las palomas, las piedras y yo compartimos.
Los turistas pasan, entretanto, ajenos a nuestra quietud de musgo, a nuestra realidad musical, llenos de colores y de prisas y de cámaras de fotos que no captan nada.
Ellos creen que son, ellos. Pero sólo nosotros, en nuestra pausa musical, en nuestra nocturna de lluvia lenta, en este ser sonidos que desaparecen, existimos.

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