domingo, 30 de agosto de 2015

La miro un segundo antes de agarrarla. Meto la mano por debajo del lecho y la levanto; cuelga. Las manos se me hunden en el agua que se convierte en pintura que me mancha al contacto y me cubre casi dulcemente sin perder su unidad: no se desparrama, no necesita expandirse. Se vuelve una cinta gruesa, densa, suave, mullida.
Su hondura es interna, ocurre dentro de los límites visibles del curso de agua, como hondo puede volverse un punto de tinta que anega la porosidad de las fibras de un papel. Es el agua la que es profunda, no el río ni el mar, sino el agua. Es la textura suave y uniforme en que se ha convertido de pronto frente a mis ojos, entre mis manos que después de mucho tiempo se hunden allí sin saber bien cómo.
Esta tristeza que hoy fluye fuera de mi y que de mi emana, venida de tantos, tantos manantiales...de pronto me parece hasta bella.


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