sábado, 8 de agosto de 2015

A veces me olvido de encender las luces. Tan en otro lado estoy, tan lejos, que vago por las habitaciones de las casas ajenas como un fantasma o una sombra en casa propia.
Abro las puertas, oigo la meditación de mis pasos atravesarlas; me detengo un segundo en algún rincón, congelada por un recuerdo o una idea que me mira desde la penumbra como un fuego fatuo que luego desaparece. Camino atentamente; muevo las sillas, me siento, hago así con la espalda, me rozo los labios con la mano, me rasco suavemente el parpado derecho. Cruzo las piernas, miro a través de la cortina opaca  buscando mecánicamente la silueta de la luna, apoyo el codo en la mesa, busco el encendedor, enciendo un cigarro y no es hasta entonces, hasta que quiero ver las espirales de humo atravesadas de luz, cuando me doy cuenta de que estoy a oscuras.
Algo habrá de noche, en mi, que me siento en casa en élla.

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