jueves, 27 de agosto de 2015

Camino por un asfalto angosto y perdido en el verde de un pueblo lejano, cargada de libros.
Mañana cumple años un niño que hace unas noches me hace el regalo de pedirme que le lea un cuento para dormir, pero todos los libros que tiene ya los conoce. Traigo a una Alicia perdida en un país y un espejo, aunque no sé si es para su edad (pero sí para la mía, de modo que haré el intento de ver si le gusta y si no, lo aprovecharé yo) y dos libritos más que me parecieron interesantes.
Camino con libros, con paraguas, con lluvia, con viento ("...paso. Cruzo oficinas y tiendas de ortopedia", dice Nefatalí). Después de diez minutos de caminata tengo los pies literalmente empapados. Sabía que pasaría: soy demasiado torpe y voy siempre en otro lado cuando camino, de modo que termino empapada y feliz o empapada y ceñuda, dependiendo del día. Hoy voy empapada, sencillamente. Y habitada por decenas de personas, de palabras, de sensaciones.
Las zapatillas azules pesan y hacen ruido al andar, de tanta agua que llevan. Yo me sonrío apenas pensando en los retos de los queridos, en como me dirían que cómo puede ser y todas esas cosas que siempre me decían cuando llegaba a alguna puerta chorreando agua de la cabeza a los pies y me esperaban con una toalla y medias secas.
Sabía que terminaría así. Sabía que, aunque intentara evitarlo, aunque me convenciera de que lo haría ("no llueve tanto, voy con paraguas, son apenas 3 km, el camino está bien pavimentado de modo que..."), terminaría así.
Me asalta de pronto la idea de que resido de algún modo en esa terquedad: si sé dónde quiero ir, si realmente quiero hacerlo, me largo a andar. No importa la lluvia, ni las zapatillas rotas, ni la incertidumbre ni el frío ni el viento ni nada. Voy. Y en el camino se me rompe el paraguas y se me mojan los pies y me pierdo un segundo y miro los árboles y tiemblo y canto canciones y me pregunto si debería descalzarme y saco fotos y temo. Pero sigo andando. Inundada, sigo andando. Aunque se corte el camino, aunque tenga que ir descalza, aunque se me rompan los zapatos y el alma, voy.
No estoy segura de si eso es una ventaja o una desventaja.




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