lunes, 3 de agosto de 2015

Era verde, como los sarmientos de la parra. En espirales graciosas se enganchaba de tus palabras y las mías y estaba viva y nos unía y de puro distraídos le vimos alguna vez dar flores en enormes y frutos deliciosos.
El otoño que tanto te gustaba la secó, y con ella hicimos una cuerda: la trenzamos despacio, alegres. Por ella caminaban las hormigas y los poetas, las confesiones y las ganas. Ganas que eran tantas, que pesaban tanto que nos dimos cuenta de que la cuerda no aguantaría, y le echamos hierro encima: hierro moldeado, hermoso, indestructible en nuestro anhelo. El peso no nos importaba: aguantaba, con él, tantos dolores, tantas manos abiertas, tanta comunión, que valía la pena.
Pero lo perenne no puede hacerse físico, y llovió. Llovió mucho, copiosa, salvajemente. Muchos días de lluvia iracunda, feroz, horizontal. Y la cadena fue herrumbre. Y la herrumbre comió el hierro. Y el hierro, cansado, se dejó quebrar.
Miro los pedazos rotos. No dejo de mirarlos.
Extraño la vida.


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