martes, 25 de agosto de 2015

Tambre

Los árboles se ciernen silenciosos sobre el agua que se desliza oscura, apenas perceptible. Sólo mis pasos y el viento se oyen; el viento que además se deja ver en las hojas amarillas que caen como lluvia sobre el río, despertándolo con ondas suaves, ondas de sonido del viento hechas agua.
Yo camino por el costado del Tambre verde con la humedad en las mejillas, con olor a barro y a podredumbre. Los troncos, cubiertos de hiedras vastas y elegantes, poderosas en su paciencia, de vez en cuando me dejan ver el agua, ya oscura a estas horas. El aire entre el río y los árboles es un túnel fresco, misterioso, musgo vivo que trenza los sonidos y los amortigua, como queriendo guardarlos para si.
(Un pájaro, de pronto, rompe la tenue quietud de este momento. Me quedo también quieta yo, de pronto, como queriendo no pisarle el canto)
También ésto hay, entre tantas cosas.

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