Me acerco a vos como me acerco a todo: rondándolo despacio, invisible. Sumiéndome en las líneas secretas que son o que imagino, bordeando con vértigo los límites de las presencias y las ausencias; levitando apenas sobre los espacios huecos que unen las palabras o los sonidos. Hundiéndome lentamente en los oscuros silencios hasta que sólo los ojos quedan en la superficie y puedo entonces escuchar o creer que escucho el zumbido lejano del agua profunda, el movimiento secreto de las mareas.
Me acerco a través de las palabras leídas cientos de veces y tejo sentidos y destejo significados y adivino tonos y supongo verdades y te borro así sin querer de la realidad: quedo yo, yo, yo. Yo encerrada en el puto laberinto de espejos, viendo en lo que has dicho apenas reflejos deformes (tal vez como siempre se hace?) que no hacen más que mostrarme a mí misma.
Me acerco y vos, inconmovible como las cosas (obediente a la indiferencia que el mundo suele prodigar a esta humanidad tan una y tan vulgar en que me desenvuelvo desde el primer latido), seguís hablando y andando y leyendo y acaso disimulando, también, algo que se parece a una existencia.
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