sábado, 30 de julio de 2016

Ecléctica

Me dice que a veces se le hace difícil, cuando me escucha hablar de él,  entender por qué nos separamos. Me dice como si hiciera un gran descubrimiento "tú lo quieres" y yo me río. Claro que lo quiero. No podría no quererlo. Pero quererlo no es lo único que importa, lo único que pesa, lo único que determina una realidad. Quererlo es un motor, es un núcleo, es un camino, pero no es el movimiento ni los límites que palpan el mundo ni los pasos que se dan. El amor no es, no puede ser, (o mucho mejor, mucho, porque en definitiva es lo único que importa) no quiero que sea una elaborada forma de autodestrucción. 
No sé por qué vuelvo a pensar en todo eso mientras estoy frente a un cuadro de Yves Tanguy (después de muchos y desde la sensación mullida y violeta en el estómago -desde saber que la mirada es tierra en que semillas desconocidas están siendo enterradas para producir vaya uno a saber qué cosas-) y recuerdo de pronto lo que le decía al hijo de R. el otro día mientras discutíamos sobre el valor de la crítica literaria: a los libros, como a todo, primero hay que acercarse, hay que exponerse, hay que dejarlos golpearnos. Luego de que lo que sea que vayan a provocar en nosotros haya sucedido, luego de que el regusto espontáneo nos haga chasquear la lengua, recién entonces la crítica debería tener lugar. Recién entonces habría que fijarse en los hilos que sostienen la estructura, en los que vimos y en los que ignoramos, en lo oculto, lo simbólico, lo posible, los universos contenidos,  porque todo eso viene de esa manera a dar forma, a modelar la arcilla que ya existe, la arcilla viva que hicimos y somos del cuerpo de piedra sedimentada expuesto a la obra que a veces es gota que no da material maleable y a veces inunda.
De alguna manera todas esas cosas se conectan en mi, y sigo andando por el delicioso vacío de la sala blanca mientras pienso en que me gustaría saber cuáles son los hilos sutiles, subterráneos que las unen. 
Tal vez las semillas ya estén echando raíces, quién sabe. Raíces que crecen y acercan a través de la oscura pulsión que las mueve a todo aquello que tocan. Racíces que perforan, moldean la arcilla o la tierra. Marrón sobre ocre. No son colores muy Tanguy.

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