Está gastada: lo noto al andar y sentir sus bordes cerca de nuevo. Mientras la habitaba en estas dimensiones todos los días no me daba cuenta, pero de tanto rodar la superficie se ha vuelto casi esmerilada, y los otros y sus circunstancias a través de élla se vuelven por momentos cuadros con técnica de achurado.
Pero la conozco. Con todo, la conozco. Y cuando vuelvo a una ciudad la burbuja se achica (porque no la abandono nunca, pero pareciera que en otros ámbitos se vuelve laxa y se va a pastar por ahí con las vacas o los petirrojos) y es un claustro: el encierro tosco y ciego que reconocemos hogar a fuerza de habitarlo.
Yo sé de esta soledad de no estar nunca solos.
No hay comentarios:
Publicar un comentario