miércoles, 13 de julio de 2016

La diferencia, como siempre que es real, es sutil.
Mi padre, por ejemplo, no preguntaba. Y aquél muchacho del que estuve enamorada durante varios años sólo lo hacía conmigo.
Él, en cambio, cuando vamos caminando por la acera estrechísima y yo voy del lado de la calle, me dice tímidamente, casi nervioso "no quieres venir de este lado,mejor?".
Y no tendría ningún valor, como no lo tenía lo que hacía aquél otro (porque no era real, porque era pose), si unos minutos después no lo viera coger a otro compañero del brazo y guiarlo con dulzura y distracción hacia el lado de la pared, y ponerse él del lado de la calle mientras hablan.
Cuidar como hábito, como costumbre, como expresión de algo interno, y no como medio, como máscara.
La diferencia es sutil, pero es lo que hace que el acto mismo resulte luminoso.
Y yo le doy un beso que no entiende  cuando vuelve y me pongo entonces del lado de la pared, enternecida, porque no se me ocurre otro modo de  agradecerle su generosidad

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