La diferencia, como siempre que es real, es sutil.
Mi padre, por ejemplo, no preguntaba. Y aquél muchacho del que estuve enamorada durante varios años sólo lo hacía conmigo.
Él, en cambio, cuando vamos caminando por la acera estrechísima y yo voy del lado de la calle, me dice tímidamente, casi nervioso "no quieres venir de este lado,mejor?".
Y no tendría ningún valor, como no lo tenía lo que hacía aquél otro (porque no era real, porque era pose), si unos minutos después no lo viera coger a otro compañero del brazo y guiarlo con dulzura y distracción hacia el lado de la pared, y ponerse él del lado de la calle mientras hablan.
Cuidar como hábito, como costumbre, como expresión de algo interno, y no como medio, como máscara.
La diferencia es sutil, pero es lo que hace que el acto mismo resulte luminoso.
Y yo le doy un beso que no entiende cuando vuelve y me pongo entonces del lado de la pared, enternecida, porque no se me ocurre otro modo de agradecerle su generosidad
—¿Estabas, pues, tan triste el día de las 43 veces? El Principito no respondió. Antoine de Saint-Exupèry
miércoles, 13 de julio de 2016
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