viernes, 22 de julio de 2016

Receta

Tiene que haber un porche en un atardecer de verano. Un porche con plantas salvajes, sin podar, como una selva privada. Y hay que haber salido porque ella ve nuestra hambre de lluvia cuando estamos con la nariz pegada a la única ventana abierta. Todo esto tiene que suceder luego de que nos acostáramos porque la preparación de una tormenta de esas magnitudes siempre nos afecta físicamente.
Entonces hay que salir así, descalzo, y quedarse en silencio un rato. El patio tiene que estar sucio; una leve sombra de decadencia tiene que atravesarlo todo.
Más tarde hay que encontrar un pájaro quieto en una rama de árbol seco y tiene que aparecer un niño desnudo. El niño tiene que decirle a la madre "no será él? ", y entonces la madre tiene que contar una historia de un pájaro que hace unas semanas amaneció en su casa no saben cómo y que se quedó dormido en sus palmas mientras le cantaba porque lo vio muy asustado. La madre tiene que decir -y esto es absolutamente necesario- que la canción era "La flauta mágica" de "La reina de la noche" de Mozart como si uno tuviera idea de qué habla. Y luego cantar con una voz dulcísima y húmeda, a pedido del niño desnudo y de trigo "pajarito chino de color añil canta que mi niño no quiere dormir".
Entonces hay que pararse en el borde de la lluvia y levantar los brazos; rendirse en la melodía, en todas éllas, mientras la madre canta y el niño descalzo la mira como uno mira la lluvia. El cielo tiene que ser violeta y gris y oscuro y como plateado, como enhebrado de viento. Hay que haberse mojado las manos y los pies en el agua que cae.
Luego ella tiene que aparecer al lado de uno y decir de pronto "qué lejos estamos de la Naturaleza. Siempre está ese anhelo, pero siempre hay una barrera. Es como con Baudelaire: el tipo habla del aire y del mar y de la fuerza de lo Natural y que se yo, pero es un tipo en un departamento".
En ese preciso momento hay que notar que el pájaro ya no está en la rama.
Y entonces, se siente ésto.

No hay comentarios: