jueves, 14 de julio de 2016

 Ella tiene, como yo tenía, la ilusión de un hito inamovible. La piedra fundacional que antecede a toda construcción; un hogar. Yo la escucho hablar a veces y me veo a mi misma hace muchos años, y me doy pena y ternura, y siento agradecimiento. Agradecimiento de que élla tenga, todavía, esa ilusión de pertenencia que la funda sin saberlo, esa piedra a la que aferrarse en medio de la corriente del río eternamente cambiante.
Lo pienso cada vez que me habla de su familia y nunca quiero decírselo. Nunca. Porque ya quisiera yo no haber perdido esa sensación de descanso, de amparo, de que hay un lugar al que se puede volver.  No quiero que sospeche siquiera que eso puede perderse, que eso es tambien una circunstancia
Recuerdo aquella mañana en que, en el hospital, mientras esperábamos una cita, me asaltó la imagen de la casa de arena. Recuerdo la libreta negra, el dorado del sol entrando por las ventanas esmeriladas y sobre los bastones de los viejos; recuerdo anotarla voraz, urgida por la exactitud. No recuerdo si se la mostré a él; lo hubiera puesto triste, aunque tal vez me pudiera más la vanidad y la triste alegría de encontrar el modo de decir.  Las paredes de la casa de arena (dorado y rojo refractándose, potenciándose) se prendían fuego; cosa improbable e incluso imposible, y sin embargo exacta, tan exacta. A veces es así: las imágenes no dicen y sin embargo dicen tanto, para mi, son tan eso que no sé decir y no sé explicar; son mías, son el certero desconcierto que ha encontrado (él mismo: yo no busco nada) la forma de ser expresado visual o literariamente. No sé si se entiende, no me importa que se entienda. Sé que lo entiendo. Sé que tiene sentido en mi, y que entonces vale, es válido.
Bendito es aquél que tiene un hogar; que tiene alguna manera de sentirse en casa. Yo (y nada tiene ésto que ver con la ubicación geográfica) hace mucho tiempo que soy extranjera en todos los sitios, si es que alguna vez no lo fui. Ni siquiera la vieja y poética gloria de tener el lenguaje como patria me vale: sólo algunas palabras, algunas imágenes alguna vez, me permiten pasar por la aduana indemne, y la estancia dura apenas un segundo.
Ella es niña aún, y quisiera inútilmente que lo sea siempre. Una mentira que no se sabe mentira (y ésto es condición casi imposible pero sine qua non) y que nos permite vivir, en el buen sentido de la palabra, vale lo mismo que toda verdad.



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