miércoles, 27 de julio de 2016

Eran tan chiquitos cuando me fui...la nena apenas tenía meses y sin embargo, cuando volví, fue la única única a la que el guardia de seguridad no detuvo en el aeropuerto, probablemente porque no preguntó siquiera: la ratita rubia pasó sin agacharse por debajo de la cinta que oficiaba de barrera y corrió hasta donde yo estaba esperando el equipaje, para abrazarme. No me conocía, no lo recordaba. Pero en las palabras de sus hermanos yo me había vuelto su tía, y le alcanzaba con eso.
Su hermano mayor me habla ahora y tiene la voz distinta. Su madre lo nombra ya en la mesa "de los grandes".
Yo sin embargo no consigo olvidarme del último cuento que les leí antes de irme: estaban en Posadas, hacía mucho calor y había viajado, a la vez, para conocer su nueva casa y para despedirme. Sabía que iban a hacerlo así que lo busqué hasta encontrarlo, hasta encontrar lo que quería decirles y, cuando me pidieron un cuento, saqué el libro que había comprado para esa noche, para esa última noche: "Quién sabe dónde". Así se llamaba. Hablaba de un árbol que veía a una semilla que quería mucho, una semilla que él había cuidado y nutrido, una parte suya convertirse en árbol lejos, en el horizonte, y se sentía feliz por ella. 
Muy melodrámatico y calculado, lo mío,  pero muy acertado, sigo pensando: siempre pude hablarles así,  a través de las palabras de otros, y saber que me entendían o que lo harían eventualmente sin darse cuenta. Los niños saben leer sin palabras.
Me estoy por dormir pensando en éllos; con el nudo en la garganta porque mi hermana me cuenta que preguntan cuándo voy a ir y si les digo que todavía falta un poco hay días en que no importa y hay otros, como hoy,  en que se ponen a llorar. 
Me estoy por dormir y me acuerdo que después de leerles el cuento esa última noche  (el último cuento, porque ya son "grandes" y prefieren leerlos solos), los tapé con la sábana y les dije, cursi y exacta, que cuando se pusieran tristes trataran de acordarse de que yo me iba al lugar donde en ese momento creía que iba a ser más feliz. Me prometieron que lo harían.
Me pregunto si eso sigue siendo cierto.





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