jueves, 21 de julio de 2016

Desde la calle Monte Egmont no subía ya 

el aroma de los paraísos, como en la bárbara primavera de Irma 
(y Adán le había dicho que sus ojos eran 
iguales a dos mañanas juntas, o quizá la besó)


En "Adán Buenosayres", de Leopoldo Marechal


Ella es absolutamente literaria.
Voy a verla ansiando su aire, su fuerza, su caos y su volatilidad, y en el camino me vuelvo a recrear en los recuerdos que me ha contado sin darse cuenta de los tesoros que me regala a cada rato, de lo maravilloso de su(s) historia(s), de su madre profe de literatura que los educa a los siete (siete!) en casa porque no le gusta cómo lo hacen en los colegios, de su arrobo en su primer día de clases a los 12 años y las nenas de blanco con trenzas, de su último parto sola en casa porque la matrona no llegó y recibir a su hijo bailando con el cordón sin cortar y tener que limpiar la sangre antes de que se levanten los más chicos para que no se asusten...
Se lo dije alguna vez, que cada vez que nos vemos yo quisiera grabar lo que dice porque es un libro vivo con una prosa fascinante, pero a ella le parece muy normal. Se ríe, se ríe de todo, de lo bizarro y lo poético, de lo cursi y lo solemne, y eso lo hace todavía más genial.
Nunca me olvido del modo en que, a los 17 o 19 años -no recuerdo bien- le dijo a su hermana que le había robado al chico que también le gustaba a élla:
Le dije que sus ojos eran como dos mañanas juntas, le dijo en un susurro
Y la hermana le respondió furiosa: cómo que lo besaste?!





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