lunes, 18 de julio de 2016

De hambre y de sed (narra una historia griega) 
muere un rey entre fuentes y jardines; 
yo fatigo sin rumbo los confines 
de esta alta y honda biblioteca ciega.


Fragmento del Poema de los dones, de Borges


La musicalidad de la primera estrofa me cautiva desde que la leí por primera vez, hace ya muchos años.
Muchas tardes me encuentro recitándola sin saber bien por qué, (exceptuando, claro, el placer) y tengo que volver a leera o, mejor aún,  oírla en su voz. Me deleito en élla; me abrigo.
Resulta curioso mirar lo siempre visto y ver lo nuevo: no sé ya cuántas cientos,probablemente miles de veces he leído, escuchado o repetido mentalmente ese poema, y sin embargo hay días,  como hoy, en que es otro, en que suscita otras cuestiones.
Y resulta curioso porque esa primera estrofa, tan melodiosa y perfecta, es un resumen de éllas: la declaración de la maestría de Dios (Borges, en este caso) que con magnífica ironía nos pone ahí, delante, todo. Y somos ciegos, siempre ciegos, estúpidamente ciegos.
Todo está dado. Nada hay que pedir o buscar. Apenas hay que aprender a ver.
Es de ceguera que morimos.



No hay comentarios: