viernes, 1 de julio de 2016

Qué sutil es, a veces, la línea que separa la honestidad de la crueldad. Y qué honda.
No sé por qué de pronto se me viene a la cabeza una mañana posterior a una de esas noches (la fatídica, para mí) en que habíamos discutido, una vez más, por algo absurdo. Aquella noche me dormí llorando; él se acostó y se durmió sin enterarse. Esa noche lo supe del todo.
A la mañana siguiente no fui a desayunar con él frente a la chimenea como siempre.
Yo prefiero desayunar al sol leve si es temprano,  sólo que todas las otras veces -unas por el placer de estar con él y otras por evitar agrandar brechas- iba a su lado.
Ese día, lo recuerdo perfectamente, me pareció muy natural sentarme a desayunar en la cocina, al sol. Me pareció...natural: no hay otro modo de decirlo . Como si de pronto la razón por la que podría hacer algo diferente hubiera desaparecido y no se me ocurriera que pudiera ser de otro modo, aunque sabía que sí.
La sensación.  La sensación interna era completamente otra. Como a un cambio de paradigma puede, mirado históricamente, adjudicársele una fecha precisa de modo que pareciera que a partir de ese día todos se levantaron sabiendo que la teoría geocéntrica estaba claramente errada. Mucho fue necesario para llegar a ese momento; muchísimo. Pero de pronto, una mañana, el sol era el centro del sistema solar; y yo lo miré entredormida con una cierta curiosidad opaca, azul muy oscuro...pero sin otra emoción que la tristeza. Lo cierto es que siempre fui de aferrarme demasiado a lo que quiero, y la teoría geocéntrica, etcétera.
Supe que iba a pensar que buscaba algo, que quería joderlo de alguna manera, que quería decirle algo, que era una maniobra manipuladora, que quería hacerlo sentir mal, que....lo supe al mismo tiempo en que supe que no era mi problema. Al mismo tiempo en que supe que me importaba más saber mi verdad que demostrarle a él que lo que pensaba no era cierto.
Yo no sabía jugar. No con él. No valió de nada, pero sigue siendo cierto.
Cuando salió de al lado de la chimenea y me vio sentada en la cocina se paralizó por un segundo. Luego siguió andando, abrió la puerta a través de la que me había visto y me saludó. Preguntó,  después de unos momentos, por qué no había ido a desayunar con él. Y yo me oí decir de pronto
-Porque ya no estás ahí. Aunque vaya, ya no estás.


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