domingo, 10 de julio de 2016

Primero lo huelo; disfruto su aroma. Nunca conseguí quitarme esa costumbre animal, por mucho que lo intentaran.
Lo huelo y luego le clavo los dientes despacio, pero antes de dar la mordida completa la suavidad de su piel me llama y, mientras miro por la ventana, casi sin darme cuenta mi lengua acaricia apenas la suavidad de la pelusilla dorada. Juego un poco, me sonrío al darme cuenta. Entonces muerdo.
Y cuando muerdo se me viene a la cabeza por alguna razón ese día, la última vez que hablamos: el mirar cómo el día se hacía noche mientras escuchaba tu voz por el teléfono: el cambio de la luz en el aire; entrar en la noche oyéndote, sentir lo diferente que suena tu voz cuando sonreís al hablar.
"Ése es un lindo recuerdo", pienso mientras el zumo dulce del melocotón me resbala por la garganta.

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