viernes, 1 de julio de 2016

Tal vez tuviera, no sé, 20 años,o alguno más. Salí, como siempre salía, de la casa, de la gente, de los otros, y me senté en la baranda de madera. La noche ya era noche, pero sin demasiada convicción: alguna luz quedaba, todavía, flotando en el aire.
Sé que no puede haber sido de pronto. Sé que los procesos son las cosas, que todas las cosas son procesos, aunque inadvertidos, la mayoría de las veces. Sé que no fue de pronto pero así la recuerdo: el rugido salió de repente de la ya sí oscuridad lejana que me hipnotizaba, del horizonte inmenso en que me iba con el día.
Sé que pensé en leones. Pensé en luchas y en huracanes, pensé en músculos que se estiran en el golpe y en una estrella negra y en la implosión.
Sé que, aunque me resulte extraño ahora explicarlo, no se me cruzó ni por un segundo que aquello fuera lo que era; como si acabara de nacer, como si nunca en mi vida hubiera oído aquel sonido. Tal vez por eso el relámpago me sorprendiera de aquél modo, tan total, al abrir la oscuridad como una serpiente de luz y zambullirse en el mar en una carrera desenfrenada. Y otro. Y luego otro.
Los veía como en cámara lenta. La tormenta estaba aún muy lejos pero el rugido era atroz, primigenio.
El mundo era totalmente negro; sólo los refucilos de la electricidad primaria dejaban adivinar que había mundo, que había mar y nubes portentosas y comprimidas sobre el agua que se agitaba entonces en violetas repentinos y desconcertantes. Claroscuro instantáneo.
Sentía miedo de moverme. Miedo. Miedo de pestañear, miedo de perderme siquiera un segundo. Miedo de tanta belleza.
Llovía mucho, pero yo no me enteré hasta que él vino a buscarme a la puerta.
Sé que me tocó el hombro con algo de violencia, enojado, sin entender qué hacía ahí,  y alcancé a murmurale: "mirá..."
-Vamos -me dijo- que te vas a enfermar

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