Yo debería ser Dios. De verdad. Y así, con mayúscula.
Tendrían que sacar un concurso celestial, en el hipotético caso de que lo celeste tuviera alguna relación con la deidad, que clara e históricamente lo tiene, y yo me presentaría nada más que por seguir el protocolo, por no humillar las ilusiones de los otros postulantes; por pura petulancia, en fin.
Gracioso es imaginarse quién sería el jurado. La mera idea ya me vuelve idónea para el puesto.
Yo debería ser Dios como cuando Dalí fue Dios y creó el romanescu, que es, a las claras, un coliflor en su versión.
Tendrían que sacar un concurso celestial, en el hipotético caso de que lo celeste tuviera alguna relación con la deidad, que clara e históricamente lo tiene, y yo me presentaría nada más que por seguir el protocolo, por no humillar las ilusiones de los otros postulantes; por pura petulancia, en fin.
Gracioso es imaginarse quién sería el jurado. La mera idea ya me vuelve idónea para el puesto.
Yo debería ser Dios como cuando Dalí fue Dios y creó el romanescu, que es, a las claras, un coliflor en su versión.
Porque si puedo pasarme años - y digo años- destilando sensaciones e ideas de un gesto, de una palabra, de un modo de mover las manos o mirar fijamente una mosca; si puedo crear sensaciones y momentos y conversaciones que me hacen sonreír o incluso reír a carcajadas mientras me lavo los dientes o voy a comprar pan, (si puedo pensar todo esto mientras trabajo y tengo que venir al baño corriendo a escribir porque ya es la hora de comer y viene la gente), imaginate la de mundos que podría crear si tuviera ese poder.
No digo que valdrían la pena, la verdad, pero resultaría muy divertido.
Sí, yo debería ser Dios. Está decidido. Ya mismo me mando una carta pidiéndome conferencia.
No digo que valdrían la pena, la verdad, pero resultaría muy divertido.
Sí, yo debería ser Dios. Está decidido. Ya mismo me mando una carta pidiéndome conferencia.
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