viernes, 10 de junio de 2016

Me siento a desayunar serenamente alegre, con gozo; por fin un día de no madrugar.
Me siento y miro el árbol y la niebla; no pongo música.
Me siento y me regocijo en este pequeño placer, y en la medida en que lo noto recuerdo cuando, por dormir más, me saltaba el desayuno todos los días. "Cambia, todo cambia", canto mentalmente, y sonrío apenas.
Entonces pienso en los desayunos - porque claramente no hay nada más importante en qué pensar- y el primero que se me viene a la cabeza es el de aquella mañana clara en que estuvimos juntos por primera vez: la sensación de meterme el azucarillo en la boca y sentirlo deshacerse lento mientras te miraba mirarme sonriendo; la maravilla de todo eso, los colores saturados de la luz, el sabor del tomate, el asombro del no asombro, la naturalidad, la extraña certeza de que, aunque no lo esperaba, no podía haber sido de otra manera.
En ese viaje en todos lados nos pusieron azucarillos de esos cuadraditos, te acordás?. Luego no los vi nunca más, excepto esa vez que los encontramos en el super y los compramos contentos como nadie hubiera entendido nunca.
En ese viaje, cuando te conocí,  todo estaba en su lugar: cada cosa del mundo caía de lleno en donde correspondía, por primera vez en mi vida.

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