domingo, 26 de junio de 2016

En las tardes tranquilas, cuando extraño todo
pienso que todo no es lo que perdí 

Fragmento de El tempano, de Adrián Abonizio



Son las doce y media de la noche. Me ducho, agotada, sólo por no tener que levantarme mañana más temprano para hacerlo. El desagüe del plato de ducha se vruelve a taponar. Saco el agua con el recogedor antes de terminar de bañarme para poder desenjuagarme el pelo y acostarme de una vez.
Me río: la escena, vista desde afuera, tiene que ser genial: el recogedor de plástico azul, la mujer enjabonada, la medianoche de un día agotador, el suelo de triste goma negra, la abeja que se coló y que se da una y otra vez contra la lamparita de la luz buscando el día que ya no es...
Tengo cicatrices en las manos y en los brazos: cortes, quemaduras...parezco un mapa, o un soldado cobarde, o una mina muy torpe que jamás había trabajado de camarera antes. Vivo en una cabaña de hace 40 años que alguna vez fue preciosa y hoy se cae a pedazos: la pila de la cocina no tiene agua y tengo que lavar los platos en el baño que se inunda cada vez que me ducho, encuentro abejas muertas dentro de la habitación todos los días porque se meten por los huecos de la madera durante el día y muchas madrugadas me despiertan las vacas que pastan a los pies del bungalow. Trabajo a un ritmo que nunca imaginé que soportaría física ni mentalmente (y que de hecho, no soporto, pero aguanto) y el espacio y la gente con la que crecí, la gente a la que le basta mirarme apenas para saber, están a miles de km.
Son las doce de la noche y saco el agua con un recogedor de plástico para poder terminar de bañarme y acostarme de una vez porque estoy agotada, y me río.  Pienso, mientras el agua de derrama sin remedio y voy tener que terminar de bañarme y pasar veinte minutos secando el piso desnuda, pienso que ésto, ésto que puede parecer triste, esta escena que sería genial en una película de Woody Allen, por ejemplo, está a años luz de la tristeza que me producía el que no me creyeras. El que tuviera que sentirte desconfiar, dolerte de que cada pequeña cosa que hacía buscaba joderte de alguna manera. A vos. Justo a vos.
Me río. Me río porque la gente sabe poco de las cosas que pasan dentro. Me río porque, si lo vieran, sentirían una cierta y mal entendida compasión - como cuando vino mi mamá y me vio las manos y se le llenaron los ojos de lágrimas- y lástima debían de haber sentido antes. Antes sí.
Ahora...ahora estoy jodida, según ciertos canones; ahora no sé que voy a hacer y tampoco me importa mucho. Pero estoy en paz.
Es divertido este caos, este sinsentido, esta peli que de afuera resultaría hasta patética. Pero yo tengo un humor muy negro, como me dijo él el otro día, y tenía razón.
Yo me río, y me alcanza. Me alcanza para saber que cualquier circunstancia, por difícil o extraña que fuera, era mejor que el dolor de estar parada frente a vos y que no me vieras.

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