martes, 21 de junio de 2016

A veces me preguntaba qué habrías hecho con mis libros. Quise llevármelos, quise guardar ese tesoro que supuse tirarías al fuego o te quemarías leyendo, quise ahorrarte el encontrarlos un dia en que estuvieras libre de mi y te dieran la cachetada en medio de la calma, pero me pareció que no tenia ese derecho, que hubiera sido irrespetuoso; no fui capaz: eran tuyos. Era por vos que habían nacido. Tuya era la decisión de qué hacer con éllos. No quise quitarte esa forma posible de duelo; esa símbolo que tal vez juzgaras necesario destruir y la posibilidad de que hacerlo te hiciera bien.
Ahora me los imagino en sus manos. Me imagino que, si no los destruiste, se los darás así, con pretendida inocencia, para que lea lo que hemos vivido, la distancia entre esa que te escribió aquello y la realidad que -le habrás contado, igual que a mi antes- te tocó sufrir por crédulo, por pobre hombre enamorado. Si todavía existen, eso lo sé con la misma serena seguridad con que te decía, cuando estábamos juntos, que si un día nos separábamos, vos ibas a estar con alguien muchísimo antes que yo.
Me río al pensarlo y me sorprendo al hacerlo. Qué raro resulta todo de pronto: lo único que jamás  me imaginé, jamás podría haberme imaginado que iba a sentir por vos, es lástima.
Sorpresas que tiene la vida, en fin.

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