Respiro irrealidad por cada poro.
Ya no es sólo el asombro de notar el puente mental que hago del tiempo en que estuve con él, ya no es la intriga por ese paréntesis y su significado, sino lo fuerte, lo maciza que me resulta esta sensación que he tenido toda la vida pero que antes tal vez no fuera una sensación sino una idea y ahora es, sin duda, algo que primero siento y recién después alcanzó a racionalizar de alguna manera: irreal. Todo me parece irreal, extraño. Ficción, mentira.
Mi cuerpo, mis costumbres, mis preferencias, mi voz, los otros, el tiempo, la idea del tiempo, el pensamiento, la identidad, los sentidos, las ceremonias, las teorías, las formas de entender, la idea de que puede entenderse; todo.
Me da vértigo mientras, recostada contra la pared de madera, lo noto. Nada. La nada misma. Una inmensa brecha negra, insalvable, alucinante.
Me siento caer. Caigo irremediablemente y me dejo ir, aterrada y desafiante, abandonada y dócil. Me voy y me deshago pero en algún punto algo en mi piensa, algo dice "debería ser" y entonces aparece el pánico y pataleo en la oscuridad y la caída que ya no tiene remedio, largamente, y retomo ideas y veo imágenes y todo sucede rapidísimo y mis ojos no alcanzan a nada y mis manos tampoco y caigo, lento, inexorable, caigo y ya Nada por siempre, ya Nada
Pero entonces sucede algo. No sé qué, pero algo. Y mientras caigo los brazos ya no aletean desesperadamente sino que flotan y sobreviene la quietud; el pelo ondea sobre mi cara que ya no tiene expresión alguna (pero los ojos, los ojos sí dicen algo)y yo
alcanzo a pensar, no sé si antes o después, no sé si optimista o inteligente, no sé si necia o lúcida: "vale, esto es Nada. Pero sólo desde el vacío se puede crear"
—¿Estabas, pues, tan triste el día de las 43 veces? El Principito no respondió. Antoine de Saint-Exupèry
miércoles, 29 de junio de 2016
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