Lo noto. Cuánto tiempo, de cuántas maneras intenté evitarlo sin saberlo. Pero lo noto; está ahí. Es increíble la cantidad de modos en que somos capaces de disfrazar lo que no queremos ver, lo que no queremos sentir ("si tan sólo pudiéramos usar esa maleabilidad en algo provechoso, qué enormes seríamos" )
Lo tengo enfrente. Lo miro, por primera vez, a los ojos. Quema.
Pienso en la justicia, pero no sé nada de eso. Sólo sé que si rompo su ciclo, si desvío su cauce, no desaparecerá, sólo encontrará otros modos de decirme que ahí está .
Así que decido escribirte. Escribirte todo, escupirte todo, sin consideración alguna, sin un mínimo ápice de compasión, sin pensar una sola palabra, una sola consecuencia. Como vos hiciste.
Paso la tarde entera escribiéndote, desenfrenada, y cuando toda la mierda está afuera, cuando no queda un sólo rincón ni un sólo recuerdo sin mancillar, miro la ventana un rato eterno.
Y miro el árbol saliendo de la niebla.
Y cojo el mechero como música muy honda, y lo enciendo.
Y la veo arder lenta, cansadamente.
Todavía tengo ese rincón de libertad donde, más allá de todo, puedo elegir no hacerte daño. Ese es mi único poder, mi única victoria.
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