martes, 14 de junio de 2016

La imagen es la de la cera. La cera blanda, maleable, hermosa. La cera no al sol, derretida, deforme, sino al frío, al mucho frío. Me detengo a mirarla cuando te pienso y viene, porque me llama la atención. Entonces la observo intrigada, casi con miedo. Y pienso que tiene sentido, porque del calor de las palmas que no se tocaron se dio su forma; pienso que de diez ratos y muchas palabras se hizo.
Recuerdo un audio que nunca te envié que hablaba de un pájaro. Te contaba cómo se formaba, como se había ido formando sin que me diera cuenta entre mis manos.  Era de arcilla, me acuerdo. Te decía que el aire de un gesto que hiciste le insufló vida, y el pájaro de barro salió volando. Era un audio precioso; lo perdí al cambiar de móvil hace tiempo.
Ahora no es de barro la figura, sino de cera. Sigue siendo extrañamente hermosa.
Es de cera que, con el frío, con la ausencia del calor (que no del tacto), se queda quieta, se rompe, se vuelve sólo recuerdo. Es una imagen que no vuela, que no late, que no se abre paso en la mañana celeste.
Me sorprende la imagen.
Me da pena, pero no por lo que es, sino por lo que podría haber sido.

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