domingo, 19 de junio de 2016

Allí hace frío y siempre hay una sensación  de desamparo. La mugre y la humedad son regentes; hay un papel sucio como música quebrada que toca el filo de la soledad más descarnada en cada segundo.
Hay también, sin embargo, un algo extraño en el aire, como el ala rota de una mariposa da cuenta del color y del día en la memoria.
La gente duerme en la calle y la belleza duele, invariablemente.
No se sabe cómo existe esa atmósfera de fósforo y sudor, de asco y esperanza. Algo acecha, siempre, o siempre parece hacerlo.
En vilo se anda por el borde de las aceras, oscuramente mojadas, y las risas o las voces opacas de desconocidos, la luz azul de un televisor en la oscuridad de una ventana cerrada dicen que hay otros, que existen los otros, pero uno nunca está seguro. Es como un sueño de esos en que uno sabe que está soñando pero del que no consigue despertarse: queda atónito, atado, mirándose ir sabiendo que no se va, pero sin poder dejar de sentirlo de algún modo; ese horror de querer gritar y descubrir que no nos sale la voz y a la vez la mano de mamá acariciandonos en la penumbra y el entresueño, lejanamente.
A veces se me ocurre que me parezco a las noches porteñas.

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