viernes, 17 de junio de 2016

Con pequeñas, con pequeñisimas gotas, se hace el mar.
Me gusta que la Vida tenga también ésto; me gusta que me saque la lengua escandalosa, juguetonamente. Me gusta mucho que me diga que no, que no, tonta, que no tenés razón.  Que no tenés razón porque él te pide que lo sigas un segundo y vos vas aunque hayan discutido el día anterior y lleven todo el día sin hablarse y vos tengas esa tristeza horrenda de la frágil calidez que se rompe y de nuevo la intemperie. Que no tenés razón porque él te esquiva la mirada y se retuerce las manos cuando se da vuelta para enfrentarte al llegar al almacén oscuro y vos le decís qué te pasa y él te dice que nada, que quería que sepas que se va porque tiene cita con el médico y está mal y que sea ésa su forma de decírtelo, ésa, de decirte tantas cosas. Y que no se te ocurra nada mejor que hacer que abrazarlo y llenarle de besos el nacimiento del pelo en la frente y las mejillas y los hombros sin decirle una palabra, y que él que es tan arisco se ponga como un cachorro  mojado en tu falda y suspire y esconda la cabeza en tu cuello y se deje ir y tiemble un poco y así por unos segundos hasta que "bueno, ya, que tenemos que trabajar".
Que no, que no tenés razón.  Que no es del todo inútil que existas. Que de pequeñisimas gotas se hace el mar.

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