miércoles, 29 de junio de 2016

También eso puede ser una máscara, un facilismo hábilmente disfrazado de cruel lucha, del resultado imprevisto pero valientemente aceptado de una ardua batalla. También la desesperanza, la apatía pueden ser un gesto de cobardía.
Porque creer, creer pese a todo, que existe la belleza, que las cosas tienen muchas caras; creer en el cambio y en el azar, en el caos y en la posibilidad infinita que late en cada segundo es de alguna manera creer en la voluntad, creer que hay un mínimo espacio en que somos inexcusablemente libres para elegir qué somos y qué hacemos, de qué modo interactuamos con todo eso que es independienemente de nosotros. Es creer en la responsabilidad y asumirla sin ninguna garantía, y elegir ese camino, el aparentemente cándido, es a veces elegir el más jodido, aquel contra el que llueven todas las piedras. El único que vale la pena sólo si se hace desde una convicción que no sabe y no quiere cerrar los ojos, como cualquier otro, como todos.
No es el camino sino la elección lo que importa. No es el qué sino el por qué.  El camino importa sólo en tanto es una expresión, un espacio donde desenvolver; sirve en tanto concuerda o no con un impulso interno, natural, genuino

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