jueves, 30 de junio de 2016

Tengo frente a mi lo que se me representa una puerta que no sé dónde lleva. Hay una alegría muy íntima, muy incomunicable en mi estómago. Como de algo que debe ser.
Si creyera en el destino podría pensar en que se debe a un cumplimiento del mismo, que se trata del enfrentamiento con lo inevitable. Como no creo, tengo que explicármelo con la más prosáica idea de cumplir un deseo, de hacer realidad una imagen. Tengo la herramienta que infantilmente me resultaba necesaria: el ordenador se yergue, inocente, frente a mi. También el tiempo y la intención de bucear, de ver quién soy ahora frente a la pantalla en blanco, frente a las reglas móviles y la cuadrícula posible de un cuento; ese territorio que llevo tantos años sin explorar.
Curiosas siguen siendo las asociaciones que se producen (porque a veces parece eso, a veces parece que se hacen solas, que nada tiene que ver uno en todo eso). Debe de ser -pienso ahora- que vi de reojo el libro de Arendt en el estante detrás del ordenador, pero por alguna razón me acuerdo de Heidegger y entonces de Hitler (y entonces de Wittgenstein y pienso en él pero "no, no: a lo que iba") y vuelvo, como cada tanto,  a hacer una investigación superficial y mas bien vanidosa, y entonces encuentro esto que habla de su discurso en la Univerisdad cuando asumió la rectoría y que me golpea como una ola en todo el pecho y quedo así: empapada, asustada, sonriendo saladamente.

Heidegger invita a adoptar como propia una profunda reflexión de Platón con la que cierra su discurso: «Todo lo grande está en medio de la tempestad» (Platón,“República”, 497 d,9). Vale la pena detenerse en esta frase: traducida literalmente del griego, sería “«todo lo grande está en peligro»

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