sábado, 11 de julio de 2015

Tapiz

Ocurre sobre todo con la incidencia de la luz. (Me vuelvo monotemática, pero me da igual. Acaso la recurrencia no sea otra cosa que la necesidad de las cosas por ser dichas de alguna manera; la voluntad ciega de lo inabarcable por ser parido -dado a luz- rompiéndonos de cierta forma o de forma cierta).
De pronto un halo de luz se refleja sobre el piso debajo de una puerta cerrada, se cuela por las hendijas de una persiana a medio abrir, hace iridiscente el aire que sobrevuela un sucio charco de agua, enciende fulgores encima de un  cristal particular de un edificio inmenso con cientos de cristales y yo espero. Espero siempre un segundo, siempre, mirando fijo y fino y fiel. Espero porque desde que me conozco tengo esta sensación de que en algún momento el suelo, la ventana, el charco, la luz se van a abrir lentamente, se va a deshilachar la realidad comida por un fuego subterráneo lento, implacable. Se van a abrir las hebras de cada pequeña cosa y finalmente se sabrá que nada existe; que la realidad es apenas una trama consensuada.

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