jueves, 2 de julio de 2015

Desde chica la tengo. Es la única pesadilla recurrente de la que nunca pude escapar: el mundo está lleno de zombies. Todos están muertos, todos: muertos vivientes que caminan a duras penas, sangrantes, deformes,  buscando a los vivos, que a veces sólo soy yo huyendo desesperada hacia algún lugar indeterminado y a veces somos un grupo cambiante de otros, desconocidos, que huyen conmigo (los ojos muy abiertos, el desconcierto en la carne, el terror en la piel), o que huyen, sencillamente.
Viene de vez en cuando; no sé precisar por qué. Pero me despierto aterrada, espantosamente asustada, y necesito bastante tiempo antes de animarme a cerrar los ojos de nuevo.
De chica, recuerdo, hasta llegué a rezarle a una estampita que me encontré en la calle. Le decía a la virgencita anónima (yo, que por entonces ni sabía ni me interesaba nada de aquello) que se llevara todos los sueños buenos si hacía falta, pero que yo no quería tener más pesadillas; no quería soñar más (no hace mucho descubrí la terrible elocuencia que ese pedido implica en mi vida en general).
Anoche volví a tenerla. Estábamos en el patio de una fábrica abandonada, lúgubre, enorme. No sé cómo llegué  allí; sólo éso recuerdo. Por todos lados aparecían, cercándome, espeluznantemente lentos. De pronto, como en otro de los sueños que tenía de pequeña, me di cuenta de que podía flotar. No volar, sino flotar.
Justo antes de que una mano raída, sucia, rota me atrapara (abierta la boca deforme, babeante, desencajada), me levanté en el aire, con el alivio y la urgencia del pavor. Flotaba lento, paralela a los cristales rotos del viejo galpón que alguna vez había estado lleno de vida, casi alcanzando la oscuridad de la noche sobre mi, cuando me giré para verlos debajo, en un gesto que quería ser la confirmación, la inesperada certeza,  el fin del miedo, por fin. Era la primera vez que flotaba. Pensé -recuerdo pensar- que sería también la llave, la respuesta, el último peldaño, la última vez.
Me giré casi feliz, pletórica, desbordante. Los vi elevarse lento y, sin emoción, empezar a despegarse también éllos del suelo.

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